Recordatorio de Laureado

 

LAS CRUCES DE SAN FERNANDO DEL CAPITÁN GENERAL, D. MANUEL DE LA CONCHA E IRIGOYEN, I Marqués del Duero

 

El viejo General se protege de la lluvia apretándose la capa sobre un cuerpo que ha vivido ya más batallas de las que tal vez le hubiera gustado protagonizar. Aunque está retirado desde hace tiempo, la Patria le ha reclamado de nuevo y él, como siempre, ha dado un paso al frente sin esperar a que termine la petición que le hizo el gobierno de reincorporarse al Ejército. Lo ha hecho siempre así, desde que ingresó como joven Cadete de la Guardia Real hasta que, empujado por los años y por el cansancio de una vida dedicada a servir a España y a la Corona, se retiró como Capitán General.

¡Tantas batallas! Tantos compañeros caídos a su alrededor, tantas decisiones en el campo de batalla, tantas marchas, tantas victorias…

Hoy está en esta incomodísima posición de Monte Muro, que domina Estella, en Navarra, la ciudad emblemática de los carlistas. Él es el General en Jefe del Ejército del Norte, un mando que ha asumido por encargo del Gobierno de Serrano. Su éxito más destacado durante la campaña ha sido el levantamiento del sitio de Bilbao y la liberación de la villa, ocupada por los carlistas. Lo había logrado el 2 de mayo de ese año, un mes y medio antes de esa madrugada de aguacero. Ahora tenía que tratar de destruir a las unidades carlistas que habían conseguido burlar el cerco, “el copo”, que había planteado contra ellos.

Al amanecer, uno de sus Ayudantes de Campo le informa de que la niebla sigue ocultando el terreno y que no es posible observar el movimiento del enemigo. Esta situación disgusta al General, que ordena a su asistente que tenga cerca y a punto a su caballo. Comprende que no le queda nada más que hacer que esperar hasta que levanten las nubes, así que vuelve a sus recuerdos. Le duele el cuerpo, por la edad y por las heridas sufridas durante los combates, un tributo obligado cuando nunca se le ha dado la espalda al enemigo.

Pero muy pocas personas saben hoy quién era aquel General que tantos reconocimientos civiles y militares mereció y por qué ocupa un lugar tan destacado en la historia militar española. Aún menos conocen por qué cabalga en el cruce de una de las arterias más importantes de Madrid, en un monumento costeado por suscripción pública. Y, tristemente, parece que casi todos han olvidado que fue el militar más Laureado de la historia de España y que solo ese olvido justifica escribir sobre él, cuando ya se ha cumplido con creces el 200 aniversario de la Orden de San Fernando.

Vayamos paso a paso.

El protagonista de estas líneas es Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, nacido en 1808 en Córdoba, Argentina, donde su padre, el Brigadier Juan de la Concha, era Gobernador de la provincia del Tucumán. Su padre había sido hasta entonces un eminente marino, cartógrafo y topógrafo, que acompañó a Alejandro Malaspina en su famosa expedición, tal vez el acontecimiento científico más importante del siglo XVIII y que se incorporó a la política bajo las órdenes de Santiago Liniers, Virrey del Virreinato del Río de la Plata. El Gobernador fue fusilado junto al VirRey después de los sucesos revolucionarios de mayo de 1810, lo que hizo a su viuda trasladarse a España con sus hijos. Como recuerdo a los servicios prestados por su padre el joven Manuel –y poco después su hermano José es aceptado como cadete en la Guardia Real a los doce años, comenzando allí su carrera militar.

Durante varios años permanece en la Guardia Real de Infantería, en la que obtendría los empleos de Alférez en 1825 y Teniente en 1832 y, encuadrado en ella, es destinado a combatir en la guerra civil entre carlistas y cristinos (partidarios de Isabel II) que pasaría a los libros de historia como la 1ª guerra carlista o como la “guerra dinástica”. Para los carlistas, la “guerra realista”.

Manuel demuestra muy pronto un valor excepcional, que detallaremos más adelante, y progresa en su carrera militar ascendiendo, por méritos de guerra, hasta el empleo de Mariscal de Campo y, posteriormente, a Teniente General. Finalmente, a los 41 años, el 21 de mayo de 1849, es ascendido a Capitán General, máximo empleo militar del ejército español.

Pero no solo destaca en el campo de batalla, porque el General -como otros muchos militares del siglo XIX- ha ocupado puestos importantísimos en el Gobierno y en las principales Instituciones españolas. Ha sido Presidente del Senado en seis ocasiones, Embajador en Francia, Senador y Diputado en varias legislaturas y presidente, entre otras, de las Comisiones de Guerra y Ultramar.

El Marqués del Duero, se volcaba también en sus estudios de táctica militar y, especialmente, en otra faceta en la cual demostraría idéntico tesón al expuesto en los campos de batalla: la modernización de la agricultura. En efecto, al margen de alguna participación en compañías mineras, entre las empresas económicas patrocinadas por el Marqués del Duero, la más importante fue, sin duda, la puesta en marcha de la colonia de San Pedro de Alcántara (Marbella), donde se puede contemplar su monumento.

También ha sido represaliado e incluso desterrado por su lealtad a la Reina. Porque en 1841, el General don Diego de León y él mismo (entre otros) decidieron ocupar el Palacio Real y salvar a la Reina-niña del Regente, aunque una serie de desafortunadas circunstancias -especialmente la descoordinación entre los principales actores del golpe contra Espartero- hicieron que la ocupación fuera un fracaso. El Conde de Belascoaín fue juzgado junto a Concha en un proceso lleno de irregularidades y carente de muchas de las mínimas garantías y fusilado, demostrando hasta en ese trance un valor y un temple desmesurados. El general Concha, que había logrado huir, fue también Condenado a ser fusilado, pasado por las armas y sometido a garrote vil por varios delitos de sedición, por lo que vivió exiliado a Italia durante dos años.

A su regreso y repuesto en su empleo y honores, fue Capitán General de las dos Castillas, de Andalucía, tres veces de Cataluña y también de Canarias. Además, ocupó la Inspección General de Infantería y participó en el proyecto de reorganización del ejército. Colaboró asimismo con el Duque de Ahumada en la creación del nuevo Cuerpo de la Guardia Civil.

En el terreno académico, estudió y profundizó en aspectos militares como el empleo táctico de las Unidades de Infantería, Caballería y Artillería, e incluso publicó un manual sobre el empleo en el combate de las tres armas, por el que recibió el reconocimiento de muchos de sus compañeros de armas en España y en países como Francia, Inglaterra o Alemania, en cuyas academias militares se estudiaban sus textos y, lo que le enorgullecía aún más, se explicaba en sus aulas el desarrollo de sus operaciones y campañas.

Una de ellas, la que realizó en socorro de la Reina de Portugal, doña María de la Gloria, se toma como ejemplo de estrategia en muchas escuelas europeas. Por su brillante ejecución Isabel II le otorgó el título de Marqués del Duero, con Grandeza de España y la Reina portuguesa la Gran Cruz de la Torre y la Espada.

Se le consideró siempre como el responsable militar de la restauración de Alfonso XII, por lo que es fácil entender la desolación que siente al conocer su muerte Antonio Cánovas del Castillo, líder político del regreso del hijo de Isabel II, que finalmente se consigue con el levantamiento en Sagunto de Arsenio Martínez-Campos. El nuevo Rey quiere agradecer de alguna forma póstuma al Capitán General Concha su labor, y lo hace entregando a Cánovas el collar del Toisón de Oro que había ostentado hasta su muerte el Marqués del Duero.

Pero, por encima de glosar una figura tan relevante de la historia española, el principal motivo de estas líneas es intentar esclarecer las diversas informaciones sobre el número y categoría de las Cruces de San Fernando que le fueron concedidas y que le colocan, sin duda, a la cabeza de los Laureados españoles.

Sabido es que la Orden tiene varios reglamentos, debidos a las vicisitudes vividas por los sucesivos Gobiernos o Desgobiernos, que llegan a otorgarlas por pocos méritos, por méritos hinchados artificialmente o incluso, por méritos inventados. Pero no es este el momento ni la oportunidad de dejarlos al descubierto, sino la de destacar los méritos reales y demostrados de Manuel Gutiérrez de la Concha.

Siendo un joven oficial se enfrenta a los carlistas en la zona de operaciones del Norte, muy similar en su definición y dimensiones a la que llegaría a mandar como General en Jefe. Sus primeras acciones se desarrollaron durante la primera guerra dinástica, en la que destacó muy notablemente, recibiendo una felicitación por escrito por su valor y, todavía de Teniente en las Guardias Reales de Infantería, su primera Cruz de San Fernando de 1ª clase, por el valor demostrado en diversas acciones durante la campaña de Vizcaya. El escrito de traslado de la Real Orden de Su Majestad el Rey, de 18 de junio de 1834, lo firma Domingo de Aristizábal, jefe de la Plana Mayor de la 1ª División del Ejército de Operaciones del Norte de España.

A partir de ella, recibirá Cruces de 1ª clase por el valor demostrado el 22 de abril en Alsasua, según Real Orden de la Reina Gobernadora de 18 de julio de 1834. Por Real Orden de 31 de diciembre de 1836, otra por los méritos contraídos entre el 21 y el 26 de mayo en los campos atrincherados de Arlabán y Villarreal; por la defensa del fuerte de Salvatierra, el 6 de diciembre de 1834, según la Real Orden de 24 de febrero de 1837. Finalmente, por Real Orden de 18 de octubre de 1837, se le concede una nueva Cruz de 1ª clase, por la “gloriosa acción de Chiva”, que había tenido lugar el 15 de julio de ese año.

La primera que obtiene con juicio contradictorio y que corresponde, según el reglamento vigente, a la de segunda clase, se la concedieron por las acciones del 28 de enero de 1838 en la toma del puente de Belascoaín, en Navarra, donde encabezó un ataque a una posición fuerte enemiga.

En el lugar donde ganó su primera Cruz Laureada y el ascenso a Coronel estaba a las órdenes de su amigo Diego de León, un mítico general de Caballería considerado como “la primera lanza de España”, que recibió por aquella acción el título de Conde de Belascoaín y que derrochó valor al frente de sus tropas. El entonces Coronel Concha se ofreció voluntario para realizar una maniobra de decepción y rodear con sus hombres al enemigo que defendía el puente y su posición defensiva, exponiéndose en el peligrosísimo cruce de un vado, única forma de cercar al enemigo.

Les siguen a estas Cruces la de 3ª clase concedida por Real Orden de la Reina Gobernadora de 27 de junio de 1839, por la acción de Arroniz, del 11 de mayo de ese mismo año. En esa batalla, Manuel de la Concha corre el riesgo de ser derrotado por un adversario claramente superior, que es reforzado con varios batallones cuando el jefe enemigo observa la precaria situación en la que se encuentra. Pero Concha ordena adelantar las banderas hasta la primera línea, donde se produciría el combate más duro y arenga a sus hombres con la frase “soldados, allí están nuestras banderas”, después de lo que consigue enfrentarse con éxito a los carlistas, que dejaron en el campo de batalla más de 400 muertos.

La Cruz de 2ª clase la obtiene por permuta de cuatro de 1ª clase que debían haberse obtenido “por méritos contraídos en acciones de guerra”, según el escrito del Tribunal Supremo de Guerra y Marina del 24 de julio de 1839.

Hasta ahora, por lo tanto, suman cinco Cruces de 1ª clase, dos de 2ª clase y una de tercera.

En la acción de Olmedilla, Manuel Gutiérrez de la Concha alcanza, por juicio contradictorio, una nueva Cruz Laureada, en esta ocasión de 4ª clase, según la Real Orden de 10 de agosto de 1841. Una acción por la que la Reina Gobernadora le había concedido ya, por Real Orden de 25 de julio de 1840, “la Cruz de 5ª Clase o Gran Cruz y Banda”. Para aclarar las posibles dudas, incluimos aquí imágenes de ambas concesiones y los correspondientes artículos del reglamento de 1815, que explican por qué se pueden conceder dos Cruces de distinta categoría a una misma persona por una misma acción:

Artículo 7. La Laureada con placa, o de cuarta clase, recompensará en los generales y brigadieres los servicios militares distinguidos en grado heroico que al tenor de lo que queda dicho en el articulo 4.º dan derecho a la Cruz de segunda clase a los demás oficiales, desde coronel inclusive abajo.

Artículo 8. La gran Cruz, o de quinta clase, la concederé, consultando o no al Consejo de la Guerra, según tuviese por conveniente, a los generales que habiendo mandado en jefe mis ejércitos hubiesen llenado sus deberes de un modo eminentemente distinguido, con gloria y ventaja de mis armas. Prohíbo desde ahora que ninguno la solicite; y los agraciados con ella obtendrán en esta singular demostración de mi real benevolencia la más alta distinción a que el deseo de gloria de un guerrero español leal vasallo pueda aspirar.

Es decir, don Manuel se distingue como General en Jefe y también por su valor personal -como le comunica en un escrito el Conde de Clonard por indicación de la Reina Gobernadora- lo que explica las dos recompensas y las diferentes fechas de concesión, ya que la de 4ª clase requiere un juicio contradictorio.

Hasta ese momento, diez Cruces de San Fernando, que no son, ni mucho menos, las únicas Condecoraciones que ganó en su larga vida militar. Podemos citar aquí, entre otras, la Encomienda de Isabel la Católica con la que la Reina Gobernadora le reconoce sus méritos en Cirauqui, muy cerca de donde ahora combaten sus tropas y donde fue herido de gravedad. O la Gran Cruz de Carlos III que le concedieron por el mando del Ejército de Aragón durante el sitio de Zaragoza en 1840, a la que renunció, y que le fue nuevamente otorgada por doña Isabel II en 1843.

Hay diferentes autores y libros históricos que adjudican otras Cruces de San Fernando (en total otras tres) al Marqués del Duero, que no se le reconocen por no figurar en su Hoja de Servicios, pero que es muy posible que existieran en realidad. Como ejemplo se presenta un escrito del Brigadier Jefe Interino de la Plana Mayor General del Ejército de Operaciones del Norte, fechado el 10 de enero de 1835, en el que se comunica que se ha tenido conocimiento del brillante desempeño y herida del Teniente Coronel Concha en las acciones del mes anterior en Mendaza y Barrabia, por lo que tendrá en cuenta la recomendación que del expresado Jefe se le hace.

Si se tiene en cuenta el Artículo 9. del Reglamento, que dice “Las Cruces de primera y tercera clase se darán a propuesta de los generales en jefe los cuales por medio de los más escrupulosos informes se asegurarán del verdadero mérito de los consultados. Jamás se propondrán sino de resultas de acción que fuese ganada. Pero al fin de una campaña, en que los sucesos hayan sido alternados o la fortuna se haya mantenido indecisa, podrá pedirla el general en jefe para algunos oficiales que en repetidas ocasiones costa de particulares fatigas y riesgos hubiesen logrado acreditar su valor, pericia y amor a mi servicio”, podríamos suponer que, efectivamente, Manuel de la Concha obtuvo alguna otra recompensa de San Fernando.

Pero el Capitán General no tuvo nunca ambición por los honores y distinciones, como lo demuestra que renunció a la Gran Cruz de Carlos III, como queda dicho, y también al Toisón de Oro y posteriormente a la Grandeza de España que le fue concedida junto al título de Marqués del Duero. Las dos primeras renuncias le fueron aceptadas y, con posterioridad, le fueron concedidas de nuevo, sin que hubiera posibilidad de rechazarlas nuevamente. Sin embargo, se le mantiene, desde el principio, la Grandeza que le había sido otorgada. Y si él no tuvo esa ambición, no seremos nosotros quienes le asignemos más méritos que los que documentalmente se puedan demostrar.

Pero sí que debemos recopilar los datos que tenemos hasta ahora:

5 Cruces de primera clase, obtenidas en la campaña de Vizcaya, Alsasua, en el fuerte de Salvatierra, en Arlabán y Villarreal, y en Chiva.

2 Cruces de segunda clase, Laureada, obtenidas en Belascoaín y por la permuta de cuatro Cruces de primera clase.

1 de tercera clase, en Arróniz.

1 de cuarta clase, Laureada, por su valor personal en Olmedillas.

1 de quinta clase, Gran Cruz, por el Mando de las Operaciones en Olmedillas.

Pero, para rematar la información, tenemos que volver a aquel amanecer de Montemuro. Poco a poco, la niebla va mostrando el campo de batalla y, lo poco que deja ver, preocupa al Capitán General. Los carlistas están bien situados y organizados y sus hombres no son capaces de desalojarlos de sus posiciones tras los primeros combates. Ordena cargar nuevamente contra ellos, pero no tiene éxito. Pide su caballo y, tras montar, se pone al frente de sus hombres para ordenar otra carga. Ante las dificultades, echa pie a tierra y avanza en cabeza de la formación bajo un fuego enemigo que logra detener al batallón de Infantería de vanguardia, que combate arrastrado por el ejemplo de su General en Jefe. Cuando la situación parece estabilizarse, el General decide volver a su puesto de mando para impulsar la maniobra desde otra dirección. Al pasar la pierna sobre la montura de su caballo, una bala le atraviesa el cuerpo y cae, siendo auxiliado por dos oficiales de su Estado Mayor.

A pesar de los esfuerzos de quienes le rodean, muere en una casa cercana, el caserío de Munárriz, a los pocos minutos de su traslado. Allí velan su cadáver y transmiten la mala noticia al general Martínez-Campos, jefe de su Estado Mayor y, éste, al Gobierno de Madrid, cuyo presidente, Francisco Serrano, la recibe como un terrible mazazo. El líder de la oposición, Antonio Cánovas del Castillo, también se muestra terriblemente afectado. El Senado de la Nación emite un comunicado de condolencia a la familia. La Reina Isabel II, en el exilio de París, escribe a su viuda una carta emocionada.

Finalmente, el Gobierno decreta los honores que se rendirán en su memoria y le concede, “por su gloriosa muerte en el campo de batalla al frente de las tropas que personalmente conducía al combate…” la Gran Cruz de la Orden Militar de San Fernando”.

Es decir, si no sumamos mal, once Cruces de San Fernando y, de ellas, tres Laureadas, que colocan al Marqués del Duero en cabeza de los héroes españoles.